El cambio climático no es el único que está matando a nuestros bosques 

El cambio climático no es el único que está matando a nuestros bosques

Nota escrita por Mirkka Puente

En las últimas décadas, los ecosistemas boscosos han enfrentado un aumento en los disturbios causados por enfermedades infecciosas emergentes (Emerging Infectious Diseases, EID), fenómeno exacerbado por el cambio climático (Santini et al., 2012). Las consecuencias de este incremento abarcan desde la pérdida de biodiversidad hasta la disminución de servicios ecosistémicos críticos, como el secuestro de carbono y la regulación hídrica (Garbelotto, 2019).  

El cambio climático ha introducido incertidumbre en la predicción de eventos climáticos, lo que dificulta anticipar su impacto en microorganismos patógenos (hongos, bacterias, etc.), cuyos ciclos de vida dependen de condiciones ambientales específicas (Alpert et al., 2000). Además, el calentamiento global favorece la invasión de especies no nativas, facilitando        el establecimiento de patógenos que amenazan la biodiversidad local (Alpert et al., 2000). 

La preservación de los bosques requiere acciones preventivas para limitar la introducción y dispersión de estos patógenos. En este contexto, exploraremos cómo el cambio climático influye en los microorganismos y su relación con los bosques, así como posibles estrategias de control.  

¿Qué son las Enfermedades Infecciosas Emergentes (EID) y por qué afectan a los bosques?

Las EID son patógenos (hongos, oomicetos, bacterias, virus, etc.) capaces de causar nuevas enfermedades, acelerar la dispersión de enfermedades conocidas o generar infecciones persistentes y difíciles de controlar (Santini et al., 2012). En bosques, se definen como agentes invasivos que: 

  1. Se introducen en un área geográfica fuera de su rango natural,  
  2. Actúan como agentes de enfermedad, y  
  3. Amenazan la biodiversidad de árboles nativos (Alpert et al., 2000). 

Una vez establecidos, estos patógenos alteran paisajes forestales, dañando árboles, reduciendo hábitats para fauna silvestre y afectando servicios ecosistémicos como la producción de madera o el ciclo del agua (Dye et al., 2024).  

¿Cómo afecta el cambio climático en la interacción de los bosques con las EID?

La supervivencia de los microorganismos patógenos depende de condiciones climáticas favorables. Su rápido ciclo de vida les confiere alta capacidad de adaptación, especialmente en escenarios de aumento de temperaturas y humedad, que favorecen la esporulación y propagación de hongos (Garbelotto, 2019).  

El cambio climático incrementa eventos extremos (anomalías en temperatura y precipitación), lo que altera la dinámica de los ecosistemas. Mientras los modelos coinciden en predecir un aumento de temperatura, la variabilidad en precipitaciones genera incertidumbre sobre su impacto en patógenos (Burgess et al., 2022). Estos organismos invasivos tienen ventajas competitivas en nuevos entornos, ya que carecen de enemigos naturales y se benefician de condiciones climáticas óptimas (Burgess et al., 2022). La gravedad de las enfermedades dependerá de la resiliencia del bosque, la interacción árbol-patógeno y factores locales (Stenlid et al., 2011).  

Medidas para la protección de los bosques

La incertidumbre en la identificación temprana de EID dificulta el diseño de estrategias efectivas. Las acciones preventivas son clave, como restringir el comercio de material vegetal infectado en rutas de alto riesgo (Stenlid et al., 2011). Sin embargo, estas medidas suelen ser insuficientes debido a limitaciones en los controles fronterizos (Walther et al., 2009).  

Una vez introducido un patógeno, las estrategias deben enfocarse en:  

En etapas avanzadas de epidemia, el control es costoso y complejo, por lo que la prioridad debe ser proteger áreas no afectadas (Stenlid et al., 2011).  

Conclusión

La respuesta a las EID requiere reconocer su naturaleza dinámica y la influencia del cambio climático. Aunque persisten desafíos, como la percepción social que subestima la intervención humana en bosques (a diferencia de cultivos), la combinación de ciencia, políticas públicas y educación puede mitigar sus impactos (Walther et al., 2009).  

Referencias

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